Ángel Ruiz Garzón, joven bailenense y miembro de honor del Grupo de Recreación Histórica “Regimiento Suizo de Reding nº 3″ de Málaga, escribe sobre los desconocidos hechos que ocurrieron en Bailén dos años después de la gloriosa victoria.
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LOS SUCESOS DE ENERO DE 1810
REGRESO DEL EJÉRCITO FRANCÉS A BAILÉN
Tras la derrota de los fuertes de Sierra Morena el 19 de enero de 1810 a manos del Ejército francés, las tropas y demás efectivos españoles que se retiraron en huida, acabaron en las tierras de Bailén, dispersándose por toda la zona y llenando de nuevo las calles de la ciudad de soldados, siendo un fuerte pesar para la población, sin libertad de decidir nada y sin suministros para la que más tarde les vendría encima.
La localidad, sin defensa alguna, sería embestida brutalmente por el ejército galo que recordaba aún furiosamente los hechos que acontecieron hace dos años. Se abrieron paso sin ofrecer apenas resistencia, y comenzaron a incendiar viviendas, entrando por la fuerza en algunas y dejando un gran número de victimas de toda clase. La mayoría de los habitantes se vieron obligados a escabullirse en la noche, llevando consigo todo lo necesario que pudieron, cargando con las familias y los niños, hacia su destino, los montes de la Sierra. Allí se ocultaron con las bajas temperaturas, conviviendo con la nieve y la lluvia, sin abrigo. Entre todos se hizo lo posible para evacuar a los ancianos y enfermos con el fin de evitar una muerte segura.
Poco después, toda aquella gente temerosa, que pensaba estar a salvo al fin de la desgracia, recibió la terrible noticia de la llegada a Bailén de nuevos y más numerosos contingentes napoleónicos, que al comprobar que los civiles habían abandonado sus casas, repitieron su sangriento y destructivo ritual, convirtiendo Bailén en un infierno que antes celebraba una victoria que conmocionó a toda Europa y cambió el rumbo de la Historia.
Robaron el ganado de los campos colindantes y se entretuvieron, sin presentar signo alguno de piedad o compasión, violando a esposas e hijas, mientras su familias sufrían por la impotencia para impedirlo.
La Villa, que contaba con unos 3.000 habitantes, gemía con fuerza esos días de ocupación y muerte. Aquellos que veían acabado su trabajo se marchaban, pero eran relevados por hombres que llegaban nuevos al lugar, y que al ver el panorama, imitaron a los anteriores de la forma más cruel. Todo aquello, más la falta de alimentos y frío, hizo morir a muchos habitantes de delicada situación, que hubo que enterrar para evitar epidemias.
Cuando regresaron las familias de Sierra Morena, hallaron multitud de cadáveres y todas sus pertenencias perdidas. Los hogares que mejor se les presentaron a los invasores, se convirtieron en sus moradas temporalmente, para después burlarse de los propietarios que volvían, tratándolos de malas gentes y cobardes. Los entonces gobernantes de Bailén, permitieron residir a los que entraban con dos condiciones principales: estaba prohibido salir después de las 9 de la noche, y no podían juntarse más de dos por casa. El que no cumpliese las órdenes que se imponían, dejaba su vida en juego.
La Fortaleza de Bailén, antes de su demolición. La acción de los franceses supuso su ruina.
Antes de que la provincia de Jaén fuese desalojada, la Ciudad sufrió el continuo paso de unidades. En la Antigua Fortaleza de Bailén, con la Iglesia de S. Andrés y Sta. Gertrudis y las Casas Capitulares, archivos de indudable importancia y oficinas, se forzaron las puertas. Allí, sin miramientos, se destruyó, inutilizó y despedazaron las escribanías, protocolos, libros capitulares, ejecutorias, concesiones y registros.
Todo esto supuso claramente un prejuicio para los habitantes y desconciertos y privaciones en el futuro.
LA ACTUACIÓN DE JOSÉ BONAPARTE
El Rey José Bonaparte se compadeció posteriormente de Bailén y prometió las ayudas que contribuirían a rehacerse un poco y la equidad en las contribuciones, aunque pidió disculpas para los responsables del saqueo.
Habiendo sido imposible entonces, las autoridades bailenenses se presentaron en Madrid para pedir que fuera el Rey quien pagara la alimentación de sus soldados y llevaron un informe ante el Sr. Angulo, ministro correspondiente al caso. El ministro, se sintió ofendido de ver cómo unos andaluces, y aún más de Bailén, se habían atrevido a ir a la capital a exponer sus quejas.
Afirmó que la Corte estaba muy perjudicada por la “dichosa” batalla que supuso una “ruina” para España, y que “cómo habiendo sembrado tantos abrojos, pretendían ahora coger el mejor manojo de rosas”. Los comisarios se defendieron, pero acabaron en la calle y con un viaje realizado en balde, que seguro que sólo sirvió para dejar claro nuevamente la valentía de los paisanos de Bailén.
La Noria del Campo de Batalla de 1808, que quedó en el centro del escenario bélico.
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LA DESGRACIA VUELVE A VISITAR BAILÉN
Pasado un tiempo, en el intento de conquistar toda Andalucía, pasaron algunos soldados por el camino de Bailén que, al reconocer su nombre, entraron en la localidad y llegaron hasta la Casa Capitular amenazando por medio de las armas a los que allí se encontraban y diciendo que morirían y quemarían el pueblo.
El corregidor bailenense suplicó al Comandante de la plaza, con buen resultado, que hiciese lo necesario para evitar que la historia que vivieron hace escasas semanas volviese a repetirse, por lo que éste intentó refrenar a los indeseables con una escolta. Aún así, fue imposible la contención de actos vandálicos y violaciones.
Eran unas fechas muy difíciles para los andaluces. A excepción de Cádiz y pequeñas plazas, el control del territorio cayó en manos francesas. Y Bailén se sumía en la desesperación de sus vecinos, pues las únicas noticias que llegaban a sus oídos no eran otras que la cantidad de derrotas españolas por todo el país, y la lejanía de cualquier fuerza española que pudiese llegar allí para echar a los violentos instrusos. Todo se creía perdido.
El entorno y los ánimos cambiaban cuando venían masas de prisioneros españoles. Entonces y con permiso de los franceses, todo el mundo salía a la calle a recibirlos con lo que tuviesen, comida y bebida, aseo por parte de las mujeres, ropa, atención a heridos… todos, de cualquier índole, se prestaban al auxilio de buena fe.
Y tal como estaban las cosas, resulta lógico que aprovechasen para dejar embriagados a los vigilantes para que algunos arrestados tuviesen la oportunidad de huir y pudiesen esconderse o incorporarse de nuevo al grueso del Ejército español.
Ángel Ruiz Garzón
Fuentes: Bailén, Relatos (Matías de Haro Comino)/ Manuscrito de José Carrero.
Fotografía de portada: Una de las céntricas calles de Bailén, con la Iglesia al fondo, que vivió en sus carnes la ocupación.




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